jueves, 30 de enero de 2014

Carreteras olvidadas: Slow roads


Hace tiempo que disfruto perdiéndome por carreteras comarcales por las que apenas circula nadie y que ofrecen una quietud y panorámicas extraordinarias.
Las autopistas y autovías son cómodas y rápidas pero la velocidad impide fijarse en los detalles y hay que estar siempre pendiente de la circulación y de los adelantamientos.
Como hace varios años que trabajo en pueblos, he encontrado muy placentero descubrir estas vías de comunicación olvidadas y poco frecuentadas en las que uno se puede parar en el arcén, hacer fotos, y contemplar el paisaje con la boca abierta, sin que nadie pite ni meta prisa.
He descubierto lugares magníficos y pueblos recónditos donde la gente vive tranquila y en paz. He visto vacas en prados, pastando a metro y medio de mi coche, y he tenido que frenar para dejar paso a rebaños de ovejas, totalmente ajenos al cuentakilómetros. En una  ocasión, la calzada por la que conducía se vio invadida por varios caballos salvajes que galoparon a mi lado, y en otra, tuve la suerte de ver a un cervatillo que atravesó la vía en cinco saltos.

Inauguro, pues, una nueva sección dedicada a estas slow roads, llenas de curvas y de baches donde se circula en tercera y con el pie más pendiente del freno que del acelerador.

La Guarguera:

Una vez pasado el puerto de Monrepós y antes de llegar a Sabiñánigo, aparece a la derecha un cartel que indica Boltaña (por Laguarta), hay que ir despacio para no saltárselo porque no se anuncia con antelación ni hay rotonda para cogerlo.
En sentido inverso, sí hay una incorporación a la derecha para para tomar el desvío.

La Guarguera, que debe su nombre al río Guarga, es una carretera salvaje, llena de sorpresas a cada curva, que va ganando altitud poco a poco hasta divisar, en un momento dado, la extraordinaria cordillera pirenaica. Hay cascadas de agua, pinos espesos y una fauna variopinta, sobre todo, en lo relativo a aves.
Si se quiere ir haciendo paradas, recomiendo visitar las tumbas antropomórficas de Gésera y el pueblo okupa de Artosilla (de acceso por pista forestal).
La vistas son más impresionantes si se conduce desde Sabiñánigo hacia Boltaña, pero si se hace en el sentido inverso y se va parando, también es estupenda.
Muchos la han transitado por error porque los GPS la señalaban como camino más corto para ir a Aínsa desde Huesca o desde más al sur. Ciertamente, en kilómetros sí lo es, pero en duración conlleva invertir casi el doble de tiempo que yendo por otras alternativas. Hay puerto de montaña y suele haber boira (niebla) en invierno.

En definitiva, toda una aventura para conductores solitarios, amantes de lo recóndito y para aquellos que no tienen prisa por llegar a su destino.

martes, 21 de enero de 2014

Teleseries

¿Demasiado cansados para leer? Desafortunadamente, esto nos ocurre con frecuencia. Por ello, muchas noches, yo recurro a un género más llevadero que la lectura, y más corto que las películas, a saber, la teleserie. Cuarenta minutos de visionado nos hacen desconectar de los problemas del día a día y de la rutina, ya sea ésta agotadora o anodina, todo es válido, menos renunciar a la dosis diaria de ficción para sobrellevar nuestra cotidianidad.
Para los no iniciados y para los nostálgicos, Esaquesisoyyo no se cansa de ver la clásica Doctor en Alaska  (5 temporadas) y su sucedáneo de continuación o versión actualizada como es, Men in trees (2 temporadas). 
He leído en mi agenda que el contacto con la naturaleza contribuye a aligerar la depresión, estimula la intuición, la imaginación y la creatividad; y que las formas, los colores, los sonidos y los olores de la naturaleza nos ayudan a desarrollar una atención relajada y atenta.
Esto, sin duda, es lo que experimentan el doctor Fleischman y Marin Fritz, aunque al primero le cueste un poco darse cuenta de ello (unos tres años, aproximadamente).
¿De verdad existe Cicely? Al parecer no, al menos no en los mapas, es el Macondo de Cien años de soledad, un lugar imaginario donde todo es posible y donde tienen lugar fénomenos tan extraordinarios como la aurora boreal y el realismo mágico.

Dos teleseries para amantes del beatus ille, y de los lugares recónditos, entre los cuales, por supuesto, yo me hallo.
Un capítulo al día de cualquiera de las dos actúa como un bálsamo contra el estrés, el mal humor y la pasividad. Es mejor que el Ibuprofeno, lo garantizo: eficia probada.


miércoles, 15 de enero de 2014

La montaña mágica

Desde que leí La montaña mágica de Thomas Mann, ningún otro libro de prosa me ha colmado.
En él se encuentran todas las cuestiones importantes del ser humano: el trabajo, el deber, la insatisfacción, la esperanza, la salud, el amor, la familia, la vida, la muerte, la amistad, la naturaleza.  Son mil páginas que se leen con asiduidad y delectación, uno se recrea en una prosa deliciosa, y cuando acaba el libro es como si hubiese culminado una etapa de su vida.
Es una lectura de invierno, ya que el paisaje de alta montaña  nos invita a hundirnos en el sofá cubiertos con nuestra mantita hasta que llegue la primavera. En verdad, creo que uno de los mejores aliados para afrontar el frío y los días cortos de la estación invernal, pues la falta de luz favorece la introspección. ¿Se puede echar de menos un libro? Yo pensaba que no hasta que leí La montaña... Desde entonces, mis inviernos están indefectiblemente ligados a él.

Thomas Mann, La montaña mágica.
Recomiendo la traducción de Isabel García Adánez.

viernes, 10 de enero de 2014

Películas de serie b

Inauguro una sección de películas antiguas o no muy comerciales vistas:
El nadador (The swimmer), de Frank Perry (1968). Un atlético Burt Lancaster se propone volver a su casa nadando, de manera que entra y sale de las piscinas ajenas con total naturalidad. A medida que la trama avanza, su pasado aparece y el héroe inicial se va convirtiendo en un hombre normal, esto es, se va haciendo humano, con sus debilidades y sus temores: totalmente recomendable.